En las tierras cálidas de Hualtacal, Querecotillo en la provincia de Sullana. Don Máximo Córdova Cruz, un devoto incansable del Señor Cautivo de Ayabaca, dedicó más de 50 años de su vida a una promesa que no solo lo definió a él, sino que se convirtió en un símbolo de fe para toda su hermandad.
Desde 1965, Don Máximo emprendió cada año una peregrinación de fe hacia el Santuario del Señor Cautivo en Ayabaca, un trayecto de kilómetros a pie que exigía fuerza, resistencia y, sobre todo, una fe inquebrantable. Sin importar las dificultades del camino ni los obstáculos que la vida le presentaba, Don Máximo nunca dejó de cumplir con su promesa. Su andar, firme y decidido, reflejaba su devoción y la esperanza que encontraba en cada paso, motivado por su amor al Señor Cautivo.
La figura de Don Máximo trascendió en las hermandades que año tras año compartían con él la peregrinación. A su paso, su rostro sereno y su espíritu de servicio irradiaban una calma que inspiraba a los más jóvenes y fortalecía a los más mayores. Su nombre se convirtió en sinónimo de devoción sincera, y su presencia en las procesiones del Señor Cautivo era esperada con profundo respeto.
Su fallecimiento dejó una tristeza palpable entre quienes lo conocieron y caminaron junto a él, pero su legado espiritual sigue vivo en cada uno de los peregrinos que lo recuerdan. Para muchos, Don Máximo era más que un devoto: era un ejemplo de cómo la fe puede ser el motor que nos impulsa a seguir adelante, incluso en los momentos más difíciles. Hoy, aunque su cuerpo ya no recorra los caminos hacia Ayabaca, su memoria permanece imborrable.
«Descanse en paz, Don Máximo. Tu fe y dedicación serán siempre un faro para nosotros», expresaron los devotos en sus redes sociales, al recordar su ejemplo. Su historia no solo es un homenaje a su vida, sino una inspiración para aquellos que continúan la tradición de peregrinar al Santuario del Señor Cautivo de Ayabaca.
Hoy, a medida que los peregrinos se preparan para una nueva edición de la festividad, el espíritu de Don Máximo estará presente en cada oración y cada paso hacia el Santuario. Su devoción, marcada por décadas de esfuerzo y fe, será recordada siempre como un símbolo de lo que significa verdaderamente caminar con Dios.




































